El paraíso barthesiano

Sábado, 3 de la tarde. Google Chrome. Facebook. Nombre de usuario; contraseña. Entrar. El muro. Juan Pérez ha cambiado su foto de perfil. Josefina Rodriguez ha compartido un enlace. Francisco Martínez ha actualizado su estado. Nombres y apellidos. ¿Nombres de Autor? ¿Autores de frases, fotografías, videos? ¿Es ese artista demasiado vivo del que habla Rancière?

Sigo leyendo. Rodrigo Álvarez ha compartido un enlace:  “Mirar a los de 1º año y decir: ”Cada vez…” Frasesposta.com.ar. Click. Mirar a los de 1º año y decir: ”Cada vez más enanitos vienen”. La frase completa y debajo una lista de frases de distinta índole desordenadas por temática, tono, más gustada, momento de publicación y, por supuesto, enunciador.

¿Se le da más importancia al hecho de publicar algo propio o a leer y comentar com o lectores? ¿Quién es el que juega como protagonista en las redes, el autor o el lector? En cada publicación se brinda el espacio para los comentarios del lector, se da la posibilidad de compartir un contenido ajeno, que es mostrar que leí, no que escribí. ¿Es el espacio virtual de las redes sociales un campo de batalla entre autor y lector? ¿Es la tumba del autor, con la abolición de sus derechos y de su atribución? ¿Ha nacido el Lector, como quería Barthes?

A la vez que aumenta el público que accede a una publicación, disminuye la información del enunciador.

Quien publica en su muro, con su nombre y apellido, espera que quienes lean o vean sus publicaciones sean “sus amigos”, o al menos esa lista de personas a las que les ha dado consentimiento para acceder a su información personal, y que le resulta, a grandes rasgos, conocida. Entonces, los comentarios que recibirá vendrán de ese grupo cerrado de gente, el que publica sabe medianamente quiénes son sus lectores y lo que puede o no puede esperar de ellos.

La aplicación TuSecreto es un espacio pensado justamente para esas cosas que no se quieren reconocer como propias. Y se publican para un grupo bastante más amplio de lectores: todos los que acceden a la aplicación. Ya no aparece su nombre y apellido, sino su edad y su sexo. Pero los lectores, las personas que comentan, acceden con su cuenta personal, es decir, que los comentarios sí aparecen con nombre y apellido. Los lectores juegan un papel más importante que el enunciador de las publicaciones. También, como lector, se puede compartir una publicación de TuSecreto la propia biografía, invitando a los “amigos” a leer lo que uno ya ha leído. No importa tanto quién haya escrito la publicación, aunque interesa su edad y su sexo; tal vez porque esa información contribuya al sentido de la publicación, es decir, es parte del mensaje. Un ejemplo de esto puede ser una publicación que leí hace un tiempo. Decía: Hombre, 83 años. “La vida me ha enseñado una cosa: si no cagás, te cagan”. Más allá de que los datos fueran reales (hecho incomprobable), lo cierto es que juegan un papel importante; el mismo mensaje proveniente de un chico o una chica de 16 años sería uno más entre tantos.

¿Ha nacido el lector?


En las frasesfacebook, el público lector se amplía a todos los usuarios de facebook, es decir, cualquiera puede entrar a estas páginas, sin acceder a ninguna aplicación o comunidad. Entonces, no aparece ningún dato del enunciador. ¿Ha muerto el autor? El lector es el único que interesa que exista, al menos con nombre y apellido. Él es quien comparte en su muro las frases y las comenta sin saber de dónde ni de quién provienen. Y está bien que así sea. El que escribe tiene que ser Nadie. O todos. Cuanto más anónima y general resulta una frase, más posibilidades tenemos de hacerla propia, de comentarla, de publicarla en nuestro muro. Si escribimos una frase, es importante que «no se note» que es nuestra. Incluso, una frase funciona como legitimación de un pensamiento, es algo así como decir: “Miren, yo pienso esto, y alguien más lo escribió en una frase, ya somos dos”. Por más que yo haya escrito la frase y después yo misma le haya puesto «me gusta» para publicarla en mi muro, eso no importa. Lo que importa es mi trabajo como lector. Al lector le gusta la frase, el lector comparte la frase, el lector le da validez a la afirmación o la refuta. No interesa quién haya escrito la frase, lo importante es quién lee esa frase, y lo que este lector o lectora hace o no hace con ella.

No hay genios creadores para cada frase, el autor no existe. Y el sentido último es dado por el lector, por los múltiples lectores, es problemático incluso pensar que existe un lector modelo pensado por el autor: ¿qué autor?
No existe en este espacio ninguna marca de esa función autor de la que nos hablaba Foucault en ¿Qué es un autor?. Ni la relación de apropiación y de atribución, ni la posición del autor ni, por supuesto, el nombre del autor. Las frases son como grafittis virtuales: cuanto más anónimas, mejor. Y como autor no puedo sacar ningún provecho de ellas, ya que si lo escribo en ese espacio, elijo, justa y deliberadamente, mi ocultamiento, mi ausencia como enunciador de esa frase. Es un espacio sin nombres, con enunciados que intentan ser voces colectivas en forma de chistes, reflexiones, anécdotas típicas, impresiones compartidas por una comunidad o un grupo de gente que tiene acceso a estos sitios.
Entonces, estamos en medio de un torrente de palabras, caminamos sobre un tejido de voces sin nombre, o miles de nombres desconocidos, usamos a nuestro gusto esas voces, las deshacemos, las refutamos, las confirmamos, nos reímos con ellas, de ellas… somos lectores y lectoras activos de todo eso. El paraíso barthesiano. Todos los estilos superpuestos, los tonos aleatoriamente expuestos, los grupos representados, las idiosincracias que se reflejan sin orden ni conflicto, donde ha desaparecido o explotado el sujeto. «Mi nombre es Legión» parecen decirnos, y podemos nadar en las palabras a gusto y piacere.
Pero detengámonos un segundo. “MI nombre es Legión”. Miremos otras cosas. El diseño de las páginas de frases: todos los colores oscilan entre el azul y el gris. El color de las frases es único: celeste. Con mínimos cambios, hay publicidad en todas ellas en casi los mismos espacios gráficos. Todas las páginas funcionan exactamente de la misma manera. ¿No será entonces que hay Alguien que pensó en todo esto? El genio creador no aparece en la enunciación tal como lo conocemos. Pero ahí está. Su autoría no consta de palabras. Su mensaje es la forma. No conocemos, como usuarios, su nombre, pero nada quita que gane dinero por su creación, a juzgar por las publicidades que tenemos que aguantar. Es el Autor que administra el diseño de las páginas y su funcionamiento, que prevé este intercambio plural que no prioriza ningún mensaje, es decir, da lugar a todos anulándolos o neutralizándolos mutua e instantáneamente.
Al final, es como hacernos creer por un ratito que somos creadores de algo (una insulsa, modesta frase), pero siempre dentro del mundo ya establecido de esa pantalla. Es como estar contentos por haber creado las computadoras, y creernos dioses. Pero que Alguien ya hubiera decidido antes cosas más generales, como la materialidad del mundo, por ejemplo; y que ahora nos mire con una sonrisa compasiva porque en realidad hicimos, más o menos, lo que se esperaba de nosotros.

.Por Sofía Storani

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Un pensamiento en “El paraíso barthesiano

  1. Muy bueno! (…bastante absolutista en algunas partes, pero bueno, nada deja nunca de ser literatura, ¿verdad?…) Y, además, interesante es pensar los puntos de contacto que tiene tu lectura con la que hacen los diversos movimientos de la Cultura Libre en relación con las combinaciones y los circuitos de las producciones culturales… Saludos!

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